También de los más perseguidos en su propio país. Tras haber trabajado como reportero durante la guerra civil argelina (1991 - 2002), en la que murieron 70 periodistas, Daoud no ha dejado de pensar y escribir sobre un conflicto del que está prohibido hablar por ley y que ha dejado un rastro de 200.000 cadáveres a su paso.
Crítico con el fanatismo religioso del Islam, Daoud fue el blanco de una fetua en 2014, lo que lo llevó a trasladarse a París en 2023. Ahora, el argelino presenta Huríes (Cabaret Voltaire, 2025), una novela en la que Aube, una mujer embarazada y con las cuerdas vocales mutiladas desde que era niña, habla con la criatura que porta en su vientre mientras decide si abortarla o no. Huríes, que se ha alzado con el último premio Goncourt, el más prestigioso de las letras francesas, aborda la violencia a la que se enfrentan las mujeres en Argelia y el peso de los mitos religiosos en una sociedad.
La novela, que no ha gustado nada en el país islámico, llega a España envuelta en polémica. Kamel Daoud y su esposa han sido denunciados desde Argelia por Saada Arbane, superviviente del conflicto, que lo acusa de apropiarse de una historia personal que ella nunca quiso hacer pública. Arbane fue herida gravemente en el cuello durante un ataque islamista, en el que murió gran parte de su familia, cuando tenía seis años. A consecuencia de esa herida, Arbane, de 32 años, habla con dificultad a través de una cánula en la garganta. Esta mujer no compartió su historia con Daoud, pero sí con su psiquiatra, que es la mujer del escritor. Además, la mujer afirma que el escritor le pidió contar su historia en 2020, pero ella se negó. “Por supuesto que va a haber víctimas que se reconozcan en mi historia, lo habría hecho muy mal si no fuera así”, dice en esta entrevista.
¿Qué significa para usted ser el primer escritor argelino que recibe el Goncourt? Especialmente en un momento en el que las tensiones políticas y sobre memoria entre Argelia y Francia son especialmente palpables.
Lo primero en lo que pensé fue en la infancia: saludé a mis maestros de colegio porque soy un niño de la escuela argelina e, inocentemente, imaginé que eso se iba a celebrar en mi país, pero subestimé la reacción política. En Argelia se prohibió expresamente hablar sobre mí el día del premio Goncourt. Fue muy extraño ver cómo circulaba mi nombre en todas partes menos en mi país. Un país que, además, ha producido grandes escritores. Así que, por un lado, me sentía orgulloso tanto por mis padres como por la escuela argelina, la literatura argelina y la francesa también.
¿Cuáles son las razones de ese bloqueo?
Hay tres motivos claros. El primero es el tema que trato: la guerra civil argelina. Nadie puede hablar de ello, nadie tiene derecho a ello. La segunda es que soy un escritor francófono y para las corrientes conservadoras y religiosas de mi país soy un traidor. Y la tercera es que la novela ha ganado un premio en Francia. He recibido un galardón en casa del excolonizador. Muy a mi pesar, todo esto tiene un peso político que no puedo evitar.
Además, siempre he sido un editorialista libre y los más conservadores me consideran un opositor. En Argelia buscan que el liderazgo sea únicamente religioso. Y, por tanto, desacreditan a personas como yo.
He recibido un galardón en casa del excolonizador. Muy a mi pesar, todo esto tiene un peso político que no puedo evitar
Ha dicho muchas veces en público que Francia tiene una venda en los ojos ante el crecimiento del islamismo y sus políticas, que se niega a aprender de lo que le pasó a Argelia durante su “década negra”, una época que es el telón de fondo de su novela. ¿Qué sabe la población francesa de a pie, u Occidente en general, de aquel momento?
Muy pocas personas conocen la historia de esa guerra porque está totalmente bloqueada, escondida. Y hay muchos medios que no pueden viajar a Argelia. Como muestra de ello, la reacción violenta cuando publiqué esta novela. Es una novela prohibida.
Cuando uno viaja a Francia, a Europa, vemos cómo los occidentales no ven el islamismo. Están aterrorizados de que los acusen de islamofobia. Y, cuando vemos esto, a muchos intelectuales argelinos nos apetece advertir: “Cuidado, no os confundáis: los musulmanes tienen derecho a vivir en Europa, pero los islamistas no son personas bien recibidas porque son los enemigos de cualquier democracia”. El problema es que los islamistas están trabajando sobre la culpabilidad y su discurso empieza a paralizar la reflexión.
Por este motivo, muchos intelectuales como yo nos encontramos en Francia en una situación muy difícil, porque en cuanto se habla de la guerra civil que hemos vivido nos dicen: “no, no lo hagas porque eso va a acentuar la islamofobia”. Es muy difícil, pero el mundo no conoce gran cosa sobre la guerra civil argelina y, sin embargo, se produjo a una hora y media de aquí.

En 2023 usted se mudó a París, “exiliado por la fuerza de las cosas”, según sus propias palabras. Hablemos de esas cosas.
El motivo es que la libertad es imposible. Hoy, Argelia es un régimen que se ha convertido en una auténtica dictadura. Los conservadores religiosos tienen el poder sobre la cultura, los códigos sociales, la opinión. Se ha convertido en un lugar muy peligroso. Mucha gente está en la cárcel, hay mucha represión, mucho terror. Nunca he querido marcharme de Argelia, pero me vi obligado. La prensa, las libertadas que tuvimos durante años, todo eso ha desaparecido. Y todo el mundo se va. Se va por miedo al terror.
El mundo no conoce gran cosa sobre la guerra civil argelina y, sin embargo, se produjo a una hora y media de Francia
A lo largo de la novela repite mucho aquello de que el silencio es lo que vuelve loco a uno. ¿Escribir esta novela ha supuesto para usted romper los silencios de la guerra de la que fue testigo?
Sí, aunque no soy el único. Hay mucha gente que intenta romper este silencio y empieza con novelas. Hay también algunas películas, producidas en Francia, no se pueden hacer en Argelia, pero es un trabajo difícil. La reacción tan violenta que ha habido hacia esta novela es para disuadir a las personas de que hagan ese trabajo. Un trabajo que, por otro lado, es necesario. Creo que España ha vivido este tipo de movimiento editorial, con todas las dificultades y las reacciones durísimas. Pero no se puede hacer un trabajo de memoria si no se tocan heridas que provoquen reacciones intensas.
Huríes también va sobre las mujeres que perpetúan la prisión en la que se convierten sus cuerpos. En el discurso en el que aceptó el galardón francés el pasado noviembre, usted dijo que su protagonista, Aube, representaba a todas las mujeres, incluso a aquella que se quitó el velo en la universidad de Irán como protesta, fue arrestada y saltó a titulares de medios internacionales.
Son las mujeres las que pagan más la libertad. Porque ellas formulan las verdaderas preguntas en un mundo violento: soy propietaria de mi cuerpo o no, ¿mi cuerpo pertenece a los hombres, a los Estados, a los más fuertes, a los maridos o es mío? Cada vez que se produce una ruptura política son las mujeres las que despiertan, y se preguntan: “¿quién tiene obligación de imponerme el velo?”.
Creo que contar la historia de las mujeres en el mundo árabe es contar la historia de las libertades y cuánto cuestan esas libertades. Aquí, en Occidente, hemos llegado a situaciones bastante absurdas donde, por ejemplo, hay formas de neofeminismo que defienden el islamismo. Aquí he visto movimientos que defienden el velo porque no conocen lo que cuesta el velo. No saben que hay mujeres que han muerto porque se negaron a llevarlo. Con mucha libertad olvidamos lo que cuesta la libertad.
Es bastante curioso, para nosotros, ver a las personas que defienden el velo aquí. Hace tiempo escribí un artículo en el que decía que los occidentales confunden la represión y la cultura. Cuando se dice que el velo es un marcador cultural que debemos aceptar es como si dijéramos que las cadenas en los tobillos de los esclavos son pulseras. No hay que confundir cadenas y joyas. Contar la historia de las mujeres es contar la historia de la libertad.
Cuando se dice que el velo es un marcador cultural que debemos aceptar es como si dijéramos que las cadenas en los tobillos de los esclavos son pulseras. No hay que confundir cadenas y joyas
La mujer y su cuerpo siempre ha sido un elemento central en las religiones. ¿Cuál es la razón principal en el caso de la obsesión del régimen islamista?
En un momento de la novela, mi protagonista dice: “cuidado con los hombres porque cuando te hablan de Dios, te hablan de ellos mismos”. Yo creo que la respuesta está ahí. Es el cuerpo de la mujer el que da la vida, no el del hombre. Y eso a los radicales religiosos no les gusta. No quieren ver la dependencia que tiene el hombre de la mujer.

¿Por qué escogió contar la historia de una mujer embarazada y muda que solo puede hablar, o más bien monologar, con la niña que lleva en el vientre?
Porque he considerado que es el diálogo más importante de la vida: una mujer que habla con la criatura que lleva dentro. Quería contar la dificultad de contar esa historia. Es como una guerra civil, se tardan muchos años en poderlo contar porque las cosas son difíciles. Creo que es algo que en España saben muy bien. ¿Y por qué las mujeres? Porque ellas son siempre las que pagan el precio más alto en una guerra.
Una mujer superviviente de la guerra civil argelina, Saada Arbane, lo ha acusado de “utilizar su historia personal sin su consentimiento”. ¿Qué tiene que decir al respecto?
Lo vivo como la prueba de que una novela ha tocado algo muy doloroso. No es fácil escribir sobre la memoria de un país que prohíbe la memoria. Si hay reacciones violentas, como la de esta mujer, es porque el verdadero trabajo no lo han hecho los poderes públicos. Si se hubiera hecho un trabajo documental, se habría aceptado perfectamente, pero es un país en el que se coge a una persona que ha sido mutilada por terroristas y se le prohíbe que hable del terrorismo. En un país así por supuesto que va a haber este tipo de reacciones. Por supuesto que va a haber víctimas que se reconozcan en mi historia, lo habría hecho muy mal si no fuera así. Si escribes sobre una guerra civil muchos van a decir: “esta es mi historia”.
Por otro lado, sé que el régimen ha hecho todo lo posible contra mí. Han prohibido el libro, me han prohibido a mí, han prohibido a la editorial Gallimard… Han hecho todo lo posible para desprestigiarme. Yo me esperaba esto, aunque esperaba que el debate se abriera en Argelia para preguntar a los terroristas por qué nos han robado nuestras vidas y no para preguntar a los escritores por qué cuentan esta historia.