El investigador del Centro de Investigación de Economía Internacional de la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona, opina que "es sumamente improbable que Trump o sus asesores crean verdaderamente que los aranceles acabarán pagándolos los extranjeros"
Trump condena a la economía global a más inflación, menos crecimiento y mucha incertidumbre
El economista Giacomo Ponzetto (Turín, 1979) lleva años analizando cómo influyen las decisiones políticas en el comercio internacional. Lo hace en el Centro de Investigación de Economía Internacional (CREI, por sus siglas en catalán) de la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona.
Ha investigado cómo la mala gestión por parte de los políticos puede inclinar a los votantes hacia partidos populistas y antisistema, a partir de la experiencia italiana. Y en un trabajo junto a otros colegas titulado El efecto Drácula: información al votante y política comercial, explica como, a pesar de que las barreras comerciales causan pérdidas irrecuperables sustanciales, gozan de un sorprendente apoyo electoral.
Ponzetto lo explica por la ignorancia de los electores. “Es una política perjudicial pero que beneficia a la industria que protege. Ya lo hicieron George W. Bush y Trump en su primer mandato, fijando aranceles sobre el acero. Pero tenemos un ejemplo más cercano: la política agrícola común (PAC) en Europa. ¿Es buena para Europa? No, es buena para los agricultores europeos, que tienen mucho poder. Pero ¿qué sabe el ciudadano corriente de la agricultura europea? Nada o muy poco”.
“Los políticos convencen a los electores de que hay demasiada protección y de que estaría bien que bajaran los precios, con carácter general. Pero después protegen a determinados sectores de esta bajada. ”Vamos a ver qué ocurre ahora. Puede ser que los votantes de Donald Trump se den cuenta de lo que los economistas decimos desde hace décadas sobre el comercio internacional: que, aunque también hay perjudicados, esencialmente ganamos, y esencialmente ganamos los consumidores“.
¿Cree que Trump va en serio con todo esto?
Sin duda. A dónde va es lo que cuesta entender porque desde dentro de la Administración Trump salen mensajes contradictorios. Lo que sabemos en estos momentos es la obsesión de Donald Trump, no tanto del Partido Republicano, por atajar el déficit comercial, como lo demuestra la fórmula que hemos conocido para el cálculo de los aranceles, ridículamente sencilla y sin sentido. Más allá de esto, sin duda quiere guerras comerciales, como lo demuestra el hecho de poner un arancel comercial del 10% a todo el mundo. Tiene muy poco sentido económico.
Otra cosa es ver si la Corte Suprema está de acuerdo de que la pueda llevar a cabo de manera totalmente unilateral, puesto que, oficialmente, el presidente de Estados Unidos no tendría casi ningún poder en política fiscal. Son competencias del Congreso, aunque esta cámara ha permitido llevar a cabo políticas arancelarias arguyendo excepciones. De hecho, ya ocurrió en la primera administración Trump, con aranceles sobre el acero y el aluminio procedente de Canadá y Europa, aunque el objetivo principal era China con la excusa del antidumping. Pero esta vez es totalmente distinto. Cuesta seguirlo porque la Administración Trump va filtrando un montón de declaraciones y en función de cómo reaccionan los votantes las modifica o incluso las niega. Pero sí ha dicho que no entiende por qué Estados Unidos tiene un impuesto sobre la renta, que tenemos que volver a 1870 y financiarlo todo con aranceles.
Se lo preguntaba porque la aplicación no es inmediata, ha dejado unos días, y porque, en paralelo, EEUU pide a sus socios de la OTAN que eleven el gasto militar al 5% del PIB. ¿Sugiere una negociación?
Las dos cosas me parecen muy serias. Qué parte de estos aranceles van en serio, es decir, los quiere para recaudar más, y qué parte quiere utilizar para una negociación no lo sabemos. Y no creo que lo sepan ni en la propia Administración Trump. Mi impresión es que el mínimo del 10% generalizado es un intento de modificar el sistema impositivo estadounidense. Estados Unidos no tiene un impuesto federal sobre el consumo, es un impuesto que pertenece a los estados. El Gobierno federal tiene el impuesto sobre la renta y los aranceles, e ingresa poco por los segundos y más por el primero. Trump ha dicho que quiere transferir la carga de los impuestos desde la renta hacia el consumo y esta es la única manera que tiene para hacerlo, puesto que es impensable que los republicanos introduzcan un impuesto sobre el consumo a nivel federal.
Cuesta creer que la Casa Blanca ignore a los asesores que advierten de los efectos devastadores para la economía norteamericana, como la inflación.
Es sumamente improbable que él o sus asesores crean verdaderamente que los aranceles acabarán pagándolos los extranjeros. No pasó en absoluto en su primer mandato. Todos los análisis concluyen que los aranceles los pagarán los estadounidenses. Otra cosa es cómo cuentan el relato. Los estudios que se han hecho de la guerra comercial que tuvo con China, dicen que el precio a la importación en los puertos subió esencialmente el montante del arancel. Puso un arancel del 20% y los precios aumentaron algo más del 19%. Ahora bien, en los supermercados no pasó lo mismo, lo cual indica que el aumento de precios no acabó en los consumidores, pero sí en las empresas, que redujeron sus márgenes. Son hechos, es lo que pasó y pueda pasar otra vez. Trump está intentando hacer una política hiperclásica de derechas, una política regresiva: reducir el impuesto sobre la renta, que es progresivo, y aumentar el impuesto sobre el consumo, que lo paga todo el mundo. Quiere que los ricos paguen menos impuestos y los pobres paguen más.

¿Qué efecto tendrán los aranceles en nuestros bolsillos?
Tendrán un efecto negativo, porque es una disminución de eficiencia a escala global y lo sufriremos. En España algo menos que en otros lugares porque nuestro comercio con Estados Unidos es bastante limitado. Como ha dicho el presidente Sánchez, España sufrirá más los efectos indirectos, porque Alemania sí exporta mucho y nuestra integración con Alemania es elevada. Ocurre también con Italia y el aceite, por ejemplo: España exporta mucho aceite a Estados Unidos, pero también a Italia, que luego lo mezcla y lo vende también allí.
La UE quiere negociar primero, pero dice que está preparada para responder. ¿Cuál cree que debería ser la reacción europea?
Creo que lo mejor, y lleva haciéndose dese hace meses, es fortalecer nuestros acuerdos comerciales con países terceros y sobre todo con países desarrollados con los que siempre tuvimos relaciones comerciales, tal vez mediadas por Estados Unidos como líder, como Canadá, Corea del sur, Australia y por supuesto Reino Unido. Y también -y sin duda será más delicado, pero es importante hacerlo también- con países algo menos ricos, como el Mercosur. El acuerdo alcanzado en diciembre con Mercosur no es independiente de la elección de Donald Trump.
Si se trata de una guerra comercial, hay que tomar medidas que golpeen a los votantes americanos, hagamos lo posible para que los electores de Trump se enfaden con él y no lo voten más
¿No cree, por tanto, que haya que responder con la misma moneda?
Con la misma moneda absolutamente no, debemos tener un poco de sentido común. A todos los economistas nos parece que las medidas arancelarias de Trump serán un problema antes que nada para Estados Unidos, no hagamos lo mismo. En la guerra arancelaria de Estados Unidos con China en 2016 los aranceles acabaron pagándolos casi totalmente Estados Unidos, los precios de las exportaciones chinas no bajaron. ¿Por qué? Seguramente porque eran ya productos muy competitivos y no había margen para bajarlos, eran muy especializados. Apple, que fabrica en China, no pude trasladar los iPhones a Estados Unidos de un día para otro. Y en el caso contrario, los aranceles que puso China a importaciones de EEUU, los pagaron bastante Estados Unidos también, los precios de las exportaciones de Estados Unidos a China sí que bajaron. Tampoco sabemos por qué, seguramente porque eran productos menos diferenciados, sobre todo agrícolas. Un iPhone es un iPhone, pero un cerdo puedes comprarlo donde quieras.
Por eso es importante saber qué parte de estos aranceles son para negociar y qué parte son para recaudar dinero para el fisco porque la respuesta es distinta. Si se trata de una guerra comercial, hay que tomar medidas que golpeen a los votantes americanos, hagamos lo posible para que los electores de Donald Trump se enfaden con él y no lo voten más. Pero si pensamos que se trata de una negociación, y además agresiva, como le gusta desafortunadamente a Donald Trump, hay que maximizar el daño a Estados Unidos. Fijarse dónde tiene más poder de mercado, en las empresas americanas más grandes que actúan como monopolistas y que tienen márgenes elevados, como las tecnológicas. Pero lo primero es el diálogo para que el conflicto no escale.
“Cuesta pensar que cuando no esté Trump volvamos al 'statuo quo', el sistema internacional que conocíamos hasta ahora se acabó
Muchos piensan que en la medida en que China, la gran locomotora del mundo, tenga más dificultades para colocar su producción en Estados Unidos, lo hará en la Unión Europea, con lo cual el impacto para la economía y las empresas europeas será doble. ¿Qué piensa?
Si China nos vende cosas más baratas en principio es bueno, porque tenemos más renta, nos hace más ricos como consumidores porque podemos permitirnos comprar más cosas. La preocupación por los efectos sobre la competencia en algunos es demasiado común, sobre todo entre los políticos. No todo es lo que pasa con la producción, para el consumidor el efecto principal de que nos venda China es bueno. Y después sí, hay que ver los efectos sobre determinados sectores. Pero no entiendo esta obsesión con el déficit comercial, que tiene Donald Trump. Si China quisiera prestarnos dinero a los gobiernos y a las empresas europeas, en vez de prestarlo a Estados Unidos, no me parecería tan mal. El déficit comercial es que un país -en este caso hablamos de China- manda un montón de productos a Estados Unidos: ya sean coches, juguetes, iPhones o piezas para construir aviones o trenes americanos, lo que sea. Y a cambio compra bonos del tesoro de Estados Unidos, acciones de Apple, o quizás casas en California. Pues perfecto.
En Europa tenemos un problema con la deuda, pues si China quiere comprar bonos del Tesoro, a cambio de iPhones o -todavía mejor- paneles solares, no es ningún desastre. En paralelo, hay que trabajar sobre cómo será el futuro de la industria del automóvil alemana dentro de 20 años, pero el supuesto de que importar es malo no lo comparto.
¿Cree que, aunque Trump no esté dentro de cuatro años, podremos volver a una situación de statu quo, o una vez se sobrepasan determinados límites cuesta más?
El problema principal es la falta de estabilidad. En el sistema económico y político internacional que tuvimos durante 70 años, de 1946 a 2016, sabíamos que Estados Unidos, como principal potencia después de la caída de la Unión Soviética, tenía unos principios que respetaban demócratas y republicanos. Y ahora sabemos que no es así, porque el Partido Republicano ya no los quiere. Y eso no es solo cuestión de Trump. En 2016 podíamos sospechar que Donald Trump era populista, demagogo, pero ahora sabemos que el Partido Republicano lo asume. Sabemos que el 50% de la política americana, por tanto, desprecia a Canadá y a Europa, que no tiene demasiada simpatía con Japón y que desprecia también a la Organización Mundial del Comercio. Sí, puede pasar que en dentro cuatro años manden los demócratas, pero cuesta pensar que volvamos a tener esta estabilidad institucional internacional. Por el momento se acabó.