La mañana del viernes 4 de abril, un puñado de personas llegó a la parroquia de San Sebastián, en el centro de Madrid, para acompañar el ritual con el que se empieza a cumplir la voluntad de Fernando, muerto y enterrado en madrid en 1798: regresar a Cusco, a donde llegarán sus restos simbólicos este lunes
Si en lugar de polvo en una urna, llegara Fernando Tupac Amaru, la presidenta de Perú, Dina Boluarte, sería la primera en bloquearle el paso y tratar de regresarlo a la celda madrileña donde pasó toda su corta vida
Hoy, la tierra de “asilo” que simbólicamente repatriará los restos de Fernandito Túpac Amaru al Perú se volcó, grano a grano, desde la cripta en la bóveda de la parroquia de San Sebastián, en el centro de Madrid, hacia la urna de madera que será llevada hasta Canas, Cusco. El viaje de Fernanducha, el primer menor no acompañado de la historia encarcelado por el Estado español, debería empezar ahora.
Si hoy, en lugar de polvo en una urna, llegara él —a quien la Corona española presuntamente mandó a castrar para evitar que trajera al mundo posibles revolucionarios—, la dictadora Dina Boluarte sería la primera en bloquearle el paso y tratar de regresarlo a la celda madrileña donde pasó toda su corta vida. Tal vez no lo dejarían salir del aeropuerto Jorge Chávez, en Lima, por considerarlo un violento revoltoso, de los que han marchado en las tres tomas de Lima a lo largo de los dos años y tres meses de la actual dictadura peruana. Tal vez, si quisiera darse una vuelta por la plaza San Martín, la policía lo detendría por pisar el centro de la capital de su país, como han hecho con tantos peruanos y peruanas que, como él, han viajado hasta Lima para hacerse oír. Podrían condenarlo como a los cuatro jóvenes cusqueños de Cuyo Grande por acciones realizadas durante el estallido. Tal vez le abrirían un proceso judicial como a los 27 campesinos de la Confederación Campesina del Perú, como represalia por pronunciarse políticamente, o lo encarcelarían bajo la figura de prisión preventiva, que puede extenderse durante años, como ocurre actualmente con el presidente Pedro Castillo en Barbadillo.
Con 11 años, Fernandito vivió grandes horrores. Obligado a presenciar la tortura y posterior asesinato de sus padres y familiares, fue condenado a caminar desde Cusco hasta el Callao, a la fortaleza del Real Felipe, donde permaneció dos años a la espera de un barco que lo llevaría al exilio en África. Este barco naufragó en aguas mediterráneas, y fue así como el último descendiente de la familia Túpac Amaru Bastidas arribó a la costa de Cádiz, pasando a custodia de los curas de las Escuelas Pías, para convertirse en prisionero de la Corona el resto de sus días.
El orden colonial que mató a sus padres y lo mantuvo secuestrado hasta su muerte a los 30 años es el mismo que defiende hoy el régimen que gobierna el Perú. Un orden de poderes que, de forma antidemocrática, privilegia sus beneficios, vulnera los derechos de las mayorías sociales y perpetúa un sistema de castas donde el clasismo y el racismo son el núcleo de su acción. Un orden vigente que, como decimos, se ha cobrado la vida de más de 50 peruanos desde que Boluarte asumió la presidencia, solo por protestar contra su gobierno ilegítimo.
Los restos de Fernanducha parecían descansar en el pequeño cementerio al lado del templo, en pleno Barrio de las Letras, hasta que una bomba lanzada en los días de la Guerra Civil hizo pedazos las tumbas. Pero Fernando no descansaba. Un equipo de arqueólogos recuperó los restos del camposanto y estos fueron colocados en la gran bóveda de las catacumbas de la iglesia. Este 4 de abril se ha inaugurado la placa en el frontis de la iglesia que recuerda que aquí fue enterrado. Aunque el cura se encargó de decir que no miremos más al pasado sino al futuro, nunca olvidaremos que, en esta ciudad donde vivimos muchas de nosotras, Fernandito fue enterrado en vida. Que se le privó de la libertad, que fue maltratado hasta la extenuación. Sufrió el hambre y el abandono. En su celda escribió sus célebres cartas al rey de España, Carlos IV, clamando por excarcelación, por trabajo, por vivir como un ser humano. Toda gracia le fue negada.

Como peruanas migrantes, tampoco olvidamos que existe un hilo conductor entre los carceleros de Fernanducha y los gobernantes del Perú actual, y por ello somos conscientes de la relevancia de los símbolos en la construcción de la memoria, pero también de la necesidad de politizar estos actos simbólicos. El embajador que ha buscado promocionar este acto es el representante de un orden que volvería a encarcelar a Fernando Túpac Amaru, y por eso no reconocemos su labor ni le permitimos usar este acto como una vía para limpiarse de responsabilidad. Del mismo modo, denunciamos que el alcalde del Cusco —ciudad de la que es oriundo Fernando Túpac Amaru—, Luis Beltrán Pantoja, presente en la ceremonia, ha censurado recurrentemente a los y las artistas críticas con el régimen dictatorial que ha matado a nuestros hermanos y hermanas peruanas. No queremos placas simbólicas, sino placas políticas, que supongan un ejercicio real de memoria y reparación, y no vehículos que permitan al poder maquillar su represión colonial.
La mañana del viernes 4 de abril, un puñado de personas llegó a la parroquia para acompañar el ritual que empieza a cumplir la voluntad de Fernando. Durante la ceremonia se leyó un fragmento de una de las 16 cartas que envió al rey, ya enfermo y en la completa indigencia, sin obtener nunca respuesta, en la que pedía, como siempre, clemencia y volver, si no vivo, al menos muerto: “Recurro a la piedad de Su Majestad para que tenga a bien otorgarme su real permiso para salir de Madrid rumbo a las aguas del río Guadiel. Si no logro sobrevivir, reconfórtenme con una sola justicia: retornar mis huesos al pecho de la tierra de mis padres. Ya no significaré más peligro para el Reino estando muerto, aunque muerto camino ya desde aquel 18 de mayo de 1781”.
La ansiada repatriación es una demanda popular iniciada por los pueblos indígenas, y no iniciativa de académicos, activistas, artistas, mucho menos de las autoridades que hoy quieren tomar esta bandera. Esa urna con sus restos simbólicos, custodiada por una hoja de coca, llegará a Lima este lunes 7 de abril, para luego emprender viaje hasta su destino final: Cusco, donde será recibido por cientos de sikuris al sonido del pututo y el chakiri.
Como a su padre, a Fernanducha quisieron matarlo, pero no pudieron. En el poema de Alejandro Romualdo dedicado a Túpac Amaru, la voz denuncia que, aunque quisieran volarlo, torturarlo, mancharlo, pisotearlo, desangrarlo, él volvería. Ha vuelto al pecho de la tierra de sus padres. Y no podrán matarlo.