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La película de ‘Minecraft’ es una adaptación ligeramente excéntrica pero bastante anodina del videojuego más exitoso de todos los tiempos
A poco más de dos años de su lanzamiento definitivo el videojuego de Mojang había alcanzado la fama mundial, y Laastsch creía que su desdén por los derechos de autor estaba legitimado por la propia filosofía de la obra que tanto amaba.

“Mojang ha animado a la comunidad de jugadores a tomarse licencias creativas con el mundo de Minecraft. Siguiendo sus ideales hemos visto una oportunidad única para crear una película épica y distintiva”, proclamaba en su página de Kickstarter. Razón no le faltaba: la clave del juego diseñado originalmente por Markus ‘Notch’ Persson era la libertad absoluta. Sin trama, solo un mundo abierto inmenso donde construir bloque a bloque lo que a cada jugador se le antojara, Minecraft se jactaba de estimular la creatividad, y su éxito llegaría a originar expansiones dedicadas al ámbito educativo.

Esto no impidió que, al poco de que se anunciara el estreno gratuito de Birth of Man, Mojang tomara cartas en el asunto y tumbara fulminantemente la película. Seguidamente Notch escribió en Twitter que, sin haber llegado a ningún acuerdo, no iban a permitir que despegara un proyecto basado en su propiedad intelectual. Ocurrió poco antes de que Microsoft comprara Mojang por 2.500 millones de dólares y Notch se desentendiera de inmediato de la franquicia, procediendo desde entonces a hundir el crédito de Minecraft con opiniones progresivamente más misóginas y conspiranoicas.

Microsoft se ha alejado cuanto ha podido de Notch, mientras se apresuraba a retomar la idea de hacer una película de Minecraft. Esta, naturalmente, iba a ser oficial y controlada de cabo a rabo por la compañía, sin intromisión de la comunidad de jugadores y respetando a su modo el supuesto corazón ideológico de Minecraft: aprecia que sus clientes sean creativos… mientras eso sea rentable para las finanzas de esta compañía sueca. La creatividad que más les interesa, por tanto, es la que guíe a los grandes agentes de la industria a la hora de hacer una película que funcione como blockbuster revientataquillas y anuncio gigantesco del juego. Eso, ni más ni menos, es Una película de Minecraft. O, más bien, “la” película de Minecraft. La única que quiere Hollywood.

Perfeccionando la fórmula

Tiene su gracia que en 2014, cuando empezó a gestarse una adaptación cinematográfica de Minecraft, también fuera cuando se estrenó La LEGO Película. Este filme animado ha tenido una influencia categórica, que ha definido las condiciones de posibilidad de Una película de Minecraft. Warner Bros. estaba detrás de ella como lo está del filme que ahora protagonizan Jason Momoa y Jack Black, y es a través de la producción del estudio donde mejor atisbamos esta radiación. Porque después de La LEGO Película tuvimos Ready Player One. Y luego Space Jam 2. Y luego Flash.

Ninguna adaptaba un videojuego pero todas trabajaban metódicamente la noción de escaparate de propiedades intelectuales, aprovechando el cúmulo de licencias bajo el paraguas de Warner para combinar a Batman con los Looney Tunes, o al Gigante de Hierro con el Superman de Nicolas Cage. Jugaron la baza del reconocimiento del público estableciendo escenarios que permitieran esta gigantesca aglomeración —inspirada lejanamente en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?—, siendo todavía hoy La LEGO Película la jugada más hábil en ese sentido. Porque La LEGO Película, aparte de los cameos, estaba consagrada a vender una idea central que retrotraía a Minecraft —la libertad del consumidor a través de los bloques—, y explotaba en una secuencia final donde llegaban a aparecer seres humanos para revelarse como un anuncio tan eficaz como inquietante.

Imagen del videojuego 'Minecraft' Imagen del videojuego 'Minecraft'

Al margen de cómo Warner haya gestionado a posteriori sus marcas —y el modo en que se relaciona esto con la fiebre por los multiversos—, esta noción de “campo de juego” está siendo muy fructífera dentro de la industria cultural. Otros gigantes como Fortnite y GTA Online venden la idea de esta libertad —esta segunda vida entre marcas—, mientras dentro del cine la semilla de La LEGO Película germina en entretenimientos posteriores como Ralph rompe Internet o Free Guy: lanzamientos de gran atractivo mediático donde los rostros conocidos se compartimentan con una pulsión escapista para el público, primorosamente diseñadas por compañías que ahora alternan cine, series, videojuegos y streaming difuminando cualquier frontera significativa.

A Una película de Minecraft le ha costado materializarse, en efecto —llegó a tantearse como directores a Shawn Levy y a Rob McElhenney para que una vez abandonaran siguieran vinculados a los videojuegos, en la citada Free Guy y en la sitcom Mythic Quest respectivamente—, pero lo que importa es que cuando ha podido hacerse se ha topado con un contexto inmejorable. A todo el flujo de movimientos industriales descrito hay que añadir que las adaptaciones de videojuego nunca han rendido mejor que ahora, y de hecho hay que agradecer la agilización de trámites a que Legendary Entertainment se hiciera cargo del proyecto con Warner en 2022.

Este estudio está detrás de las películas del Monsterverso —Godzilla y Kong fue todo un taquillazo el año pasado— y, sobre todo, de Detective Pikachu. Otro filme muy efectivo —y remitente de nuevo a Roger Rabbit— que anticipó en 2019 los taquillazos de Sonic, de Five Nights at Freddy’s y desde luego de Super Mario Bros., cuyos 1.360 millones de dólares han sido un espaldarazo definitivo para producciones similares. Haciendo caso omiso del fracaso de Borderlands en el verano de 2024, Una película de Minecraft lo tiene todo para triunfar. Quizá lo haga, e importen tan poco sus cualidades artísticas como para que Warner haya celebrado el pase de prensa en España la tarde anterior al estreno. Asfixiando un discurso crítico cada vez más prescindible en este tipo de embolados.

Por una vez, el director importa

Sucede entonces que Minecraft es el videojuego más vendido de todos los tiempos —sus 300 millones de copias divididas entre multitud de consolas dejan atrás a GTA V— y a priori nada debería impedir la avalancha de audiencia hacia su película. Sucede también, por otro lado y en lo que resulta una (matizable) buena noticia, que Una película de Minecraft no es exactamente el entretenimiento despersonalizado que ofrecían buena parte de los títulos citados hasta ahora. Que estén acreditados seis guionistas distintos apunta a ello, y sin embargo resulta que el director de Minecraft es Jared Hess, volviendo a trabajar con Jack Black como protagonista tras Super Nacho.

A mediados de los 2000 Jared Hess fue una pequeña sensación del cine indie de los EEUU gracias a las comedias que escribió con su pareja, Jerusha Hess. Napoleon Dynamite presentó un sentido del humor particular, a medio camino de la melancolía de Wes Anderson y la payasada infantil. La crítica de entonces apuntaba al despliegue de una sensibilidad quirky —excéntrica, desgarbada, ingenua— que reforzaban otros éxitos independientes de la época como Pequeña Miss Sunshine o Juno… y que a la vez limitaban el estilo de Hess a una moda de poco fuelle. Así pasó que su apoyo popular fue disminuyendo y de pronto se encontró en 2023 nominado al Oscar por un corto animado, Ninety-Five Senses, bastante alejado de la energía estrafalaria que caracterizaba su cine.

Asimismo el año pasado estrenó en Netflix Telma la unicornio, otra producción animada para el público infantil que parecía terminar de confirmar la asimilación industrial de Hess. Solo que aquí surge la gran sorpresa que depara Una película de Minecraft, y es que la modulación del humor nos devuelve a los tiempos de la burbuja de Sundance. Bien acompañado de un Jack Black apostando fuerte por la sobreactuación —y sumando adaptaciones de videojuegos a su currículum tras poner voz en Super Mario Bros. y Borderlands—, el gran indicio de este sorpresivo regreso de Hess lo hallamos en el personaje de Jason Momoa. Su Garrett Garrison es alguien sumamente ridículo con su virilidad impostada, su pelo y su añoranza de los 80. Alguien salido de Napoleon Dynamite.

'Napoleon Dynamite' de Jared Hess 'Napoleon Dynamite' de Jared Hess

El estilo retomado de Hess marida bien con el tono eminentemente infantil de Una película de Minecraft —también con la tormenta de colores que depara el mundo al que son transportados los protagonistas—, al tiempo que conjuga la autoconsciencia necesaria para competir en las ligas listillas de La LEGO Película. La propuesta, en fin, se siente cómoda en sus mínimas aspiraciones y en presumir de su falta de originalidad haciendo chistes sobre su falta de originalidad, exhibiendo una fachada de sofisticación que aun teniendo las patas muy cortas sí muestra más entereza que muchos otros blockbusters de nuestra época. Sobre todo si hablamos de ficciones superheroicas.

¿Significa esto que Minecraft tiene dignidad como entretenimiento? No exactamente. Que la propuesta humorística de Hess sea eso, una propuesta —y haya que agradecerlo ante los vacíos acartonados que acostumbra a pergeñar la industria desde imaginarios similares—, no implica que la propuesta funcione, o que podamos pasar por encima de su falta de ritmo y su simpleza encantada de conocerse. Minecraft es una nadería, para qué engañarse, y encima es una nadería que intenta retener el engaño corporativo de su marca para someterlo al tratamiento de La LEGO Película.

Los viajeros de 'Minecraft' Los viajeros de 'Minecraft'

El mundo de Minecraft al que llegan los protagonistas —un desigual reparto donde nos reencontramos con Danielle Brooks o Emma Myers tras despuntar en las series de El Pacificador y Miércoles— es uno donde se nos insiste en que pueden crear cualquier cosa a través de su imaginación. De forma que no es solo que el mundo sea feísimo —pues feísima siempre ha sido la iconografía de Minecraft y eso no hay colores que lo arreglen—, sino que la hipocresía es totalmente lacerante cuando se contrapone el esfuerzo de los héroes al de los villanos.

Estos pretenden imponer una visión que favorece la asfixia de la imaginación en pos de recolectar monedas, tejiendo una áspera crítica a la misma maquinaria genérica que ha alumbrado un producto como este sin darse cuenta de lo contradictoria que resulta. Sería un caso interesante, a la hora de examinar el cacao mental de la industria, de no ser porque ya llevamos varias de estas y el macronegocio de Minecraft —desde que hace más de diez años convino en aclarar qué tipo de libertad quiere exactamente—, es incapaz de engañar a nadie a estas alturas.

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