Eso afecta en las historias que se cuentan y en cómo se cuentan. La mirada al barrio suele hacerse desde el privilegio o desde la condescendencia. Desde gente que no ha vivido en uno de ellos y que no conoce a la gente que vive en ellos ni cómo se relacionan. Ocurre algo parecido con la adolescencia, que suele ser tratada en el audiovisual desde dos prismas: o les muestra como contenedores de hormonas desatadas, o desde el pesimismo y la demonización.
Quizás por eso todavía sorprende cuando llega a los cines una película como A nuestros amigos, donde Adrian Orr —como ya hiciera en Niñato— consigue retratar ese momento cumbre de la vida de una forma tan honesta y realista, borrando de un plumazo las fronteras entre realidad y ficción. Lo hace con un guion escrito junto a Celso Giménez, miembro del colectivo La Tristura, que sigue a Sara, una adolescente que gracias al teatro empieza a conocer gente fuera de su cuadrilla del barrio. Un filme sobre la identidad (política, sexual y otras de sus muchas capas), pero también sobre el transfuguismo de clase, sobre esa sensación de no pertenecer ni a tu barrio ni al nuevo grupo —artístico— que acoge a la protagonista.
Orr cita a referentes que están más en la literatura que en el cine. A Annie Ernaux, a Édouard Louis. Ellos, como él, nacieron en un lugar donde dedicarse al arte ni se planteaba como una opción. Todos ellos sufrieron esa traición de clase, ese desclasamiento cuando comenzaron a ascender socialmente. Se nota que Orr sabe de lo que habla, y cuando conoció a Sara, la protagonista, se dio cuenta de que sus vidas se parecían mucho.
“Cuando empecé a leer a Annie Ernaux reconocí un proceso que me había pasado y del que no era consciente, y pensé que Sara tampoco era consciente de ello, pero de alguna manera, la película se anticipaba un poco para contar lo que luego le está pasando en su vida, o lo que le va a seguir pasando a partir de ahora. Esa ruptura que se crea al estar en medio de dos mundos y no acabar de pertenecer a ninguno”, explica Adrian Orr.
Es en la literatura donde se vio reflejado, quizás porque sea un arte “más accesible”. “No como el cine. Siempre se cuenta como algo que tiene que ser más caro, más grande, más complejo. Que implica más industria. En la literatura lo he visto más y yo he sentido que había una generación sobre todo de escritoras que se vinculan con esta idea del desclasamiento que me parece superimportante y que a mí me ha inspirado un montón, pero en el cine no veo que haya tantos trabajos en esa línea”, asevera.
Hay mucho talento en el barrio y una forma de representar la clase que es muy diferente. No es lo mismo contar las cosas de forma horizontal que si miras con otro interés
Apunta a la falta de educación audiovisual. No hay cine en los institutos, una asignatura que sirve “para entender que puedes hacer cine y ver cómo se hace”. En su caso “fue el azar” quien le abrió los ojos. El que alguien le hablase de la posibilidad de hacer cine. “Me entró el gusanillo de explorar y de investigar en la universidad. Empecé a ver películas subtituladas. Y eso a Sara se lo he medio inculcado yo y la gente La Tristura. Son cosas que vienen como de rebote, porque en el contexto donde tú vives no se da, y es una pena, porque hay mucho talento y, sobre todo, una forma de representar la clase que es muy diferente. No es lo mismo contar las cosas de forma horizontal o si le estás mirando con otro tipo de interés. Que puede ser válido, pero siempre desde un planteamiento político de desde dónde quieres mirar, porque siempre hay un condicionamiento de clase”, subraya Orr.
Su llegada al cine es peculiar. Comenzó como DJ en un grupo de hip hop y con el rap como referente. El rap le llevó a politizarse y la política le llevó al arte: al graffiti, a la fotografía y, finalmente, al cine. “Todas esas cosas que me interesan se han ido alimentando unas a otras y con la llegada de las cámaras digitales a principios del año 2000 comencé a hacer cortos. Me dejaban una cámara, robábamos unas cintas de miniDV y me daban una batería y así hice el primero”, recuerda. En el rap había algo colectivo, de ayudarse unos a otros, que mantuvo en sus primeros trabajos y que también está en sus películas desde esos primeros cortos donde “contaba historias del barrio a los colegas de la universidad”. “Les contaba las historias del fin de semana cada lunes y flipaban, me decían que tenía que contar historias con esos personajes y dije, lo voy a hacer”. Lo ha cumplido.

Prefiere no generalizar, pero sí que cree que aunque hay cineastas que han retratado bien la adolescencia —y pone de ejemplo Be my star, de Valeska Grisebach— muchas series están tratando la “adolescencia desde el estereotipo y los clichés”. Por ello cree que lo fundamental, lo que diferencia su cine es “querer a los personajes”. “Creo que elijo a gente muy parecida a mí porque me reconozco en ellos y puedo contar a través de ellos cosas que me han pasado a mí y que realmente es una mezcla de lo que realmente les está pasando a ellos y lo que me ha pasado a mí. Así creo el relato, así creo la película. Creo que en eso existe una verdad que es la nuestra”, analiza.
Su fin, “intentar representar la realidad alrededor de la forma más original posible, pero al mismo tiempo de la forma más fidedigna”, porque si hay algo que no soporta es “cómo se ve representada en ciertos medios a la clase trabajadora, los barrios y la periferia”.