Hay directores que polarizan a la gente. No con sus películas, sino que es su propia personalidad la que atrae y repele a partes iguales. Uno de los casos más recientes es el de Ruben Östlund, director sueco que este año ganó su segunda Palma de Oro con la sátira contra los ricos El triángulo de la tristeza, un filme afilado donde mete a influencers, oligarcas rusos y empresarios que venden armas en un yate a la deriva y les hace vomitarse encima. No es una metáfora, hace que se vomiten literalmente.
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