Ray Loriga madruga mucho. Está callado. Escribe. Y lee. Hace eso. Está callado. Escribe. Y lee. Trabaja ocho horas y luego hace lo que haya que hacer. Cuidar de los hijos. Reclamar una factura. Ver a los amigos. Fregar los platos. Fumar en la ventana. Quizá su nombre lleva adherida una imagen mística: el escritor de Héroes, una novela que era como una inyección; el director de La pistola de mi hermano, una película cargada con balas de humor negro y desesperación adolescente; Ray Loriga, el escritor del rocanrol, se decía.
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