La muerte del perro es uno de los temas menores más recurrentes de la literatura universal. Un paréntesis en el que los escritores tienden a mostrar los higadillos de los personajes, sin aderezos, para luego volverlos a guardar junto al resto de vísceras. Lo hizo Milan Kundera con la muerte de Karenin, la mascota de la pareja protagonista en La insoportable levedad del ser, lo hizo Sara Gallardo en Los galgos, los galgos a través de la obsesión de su narrador con unos podencos a los que abandona, como a todo lo que quiere.
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